Un lobo de oscuro pelaje
vigilaba desde lo alto de un cerro. Allá abajo, los ladridos de los perros y
los gritos humanos rompían el silencio del frondoso bosque de pinos. El lobo
elevó la cabeza hacia el horizonte, pronto
anochecerá, pensó. Como si los humanos lo hubiesen escuchado, comenzaron a
prender antorchas sin dejar de gritar órdenes y de azuzar a los sabuesos.
Estaban cercan, lo habían avistado. Pronto sería historia y se convertirían en
héroes. El lobo esperó unos instantes antes de volver a ponerse en marcha, era
como si se quisiese asegurar de que no perdiesen su rastro. El bosque cada vez
era más angosto y obligaba a los perseguidores a reducir la marcha y a
separarse el uno del otro. A la vez que dificultaba el sujetar a los nerviosos
sabuesos.
¡¡Allí!! – Gritaron
excitados, el lobo estaba apenas a unos metros de ellos. - ¡¡Atacad!! – Ahora,
el grito era una orden para los sabuesos, que frenéticamente se lanzaron hacia
el lobo sentado sobre sus cuartos traseros, sin apenas inmutarse.
Todo sucedió muy deprisa.
Los ojos del lobo adquirieron un tono carmesí, los sabuesos frenaron en seco la
carrera, tropezaron, aullaron de dolor y cambiaron frenéticamente de dirección.
Apenas comprendieron los pobres humanos lo que pasaba, los que guiaban a los
sabuesos fueron los primeros en caer. Sus propios animales les atacaban. Ahora
los perseguidores huían aterrados.
Caza,
pensó el lobo. Ahora era el perseguidor y disfrutaba con ello. Pronto dejó
atrás los ladridos y los desgarradores gritos de los amos. Centró su atención
en el olor más cercano y lo siguió sin siquiera rozar ningún arbusto, ninguna
rama caída, como un fantasma. Pronto dio alcance y saltó golpeando en la
espalda del humano. Ambos cayeron al suelo, pero el lobo estaba encima. Antes
de que el humano perdiese el aire en sus pulmones debido al golpe, el lobo ya
estaba rompiéndole el cuello. Antes de saber lo que pasaba, ya estaba muerto.
Un leve ruido hizo que el lobo levantara la cabeza y las orejas. Podía esperar,
tenía que darse el placer de hacer saber al bosque que había cazado, así que
aulló.
El gutural y monstruoso
aullido, dio fuerzas a las agarrotadas piernas de los aterrados humanos.
Seguían corriendo, ahora sin mirar atrás. Corrían por sus vidas. Corrían o
morían. El más rezagado, tropezó y se rompió una pierna. Por muchos intentos
que hizo no consiguió ponerse en pie, comenzó a sollozar, hasta que se dio
cuenta de que el bosque estaba en silencio. Nerviosamente, comenzó a mirar en
todas direcciones, no oía nada, no veía nada, pero sí que sentía “algo”. Vio unos ojos rojos, pero parpadeó y
desaparecieron. Allí, pensó, pero ya
no estaban. Un gruñido le inmovilizó como una estatua de mármol. Retomó el
sollozo y comenzó a rezar, el lobo aumentó la intensidad de los gruñidos. Podía
sentirlo tras de sí, pero no sucedió nada. Esperó y cuando no pudo más, giró el
rostro hacia atrás, no había nada. Sin dejar de llorar, comenzó a arrastrarse
dificultosamente por el bosque.
Cuando el lobo consiguió
alcanzar al siguiente humano, sólo pudo contemplar cómo caía por una escarpada
ladera. La sangre del muerto, comenzó a llenar un viejo torrente, ahora seco,
allá en el fondo. Casi pareció que la bestia lo lamentó, pues lo observó largo
rato. Aguzó el oído y sopesó la idea de continuar con la persecución. Miró
hacia atrás, donde pudo oír los gemidos del hombre que intentaba arrastrarse.
Giró la cabeza y miró hacia donde huía el último de ellos. Si acababa con
todos, no contarían historias. Casi pareció que con su largo hocico estaba
sonriendo, casi.
Se internó en el bosque
dando la espalda al único humano que seguía corriendo. No tardó en encontrar al
hombre de la pierna rota. Lo estudió un segundo. Había perdido mucha sangre y
estaba inconsciente, apenas se había arrastrado unos metros. Lamió el reguero
de sangre que había ido dejando en su infructuosa y escasa huida. No podía
perder el tiempo o se quedaría sin el vital líquido. Mientras se aproximaba
hacia el cuerpo inmóvil comenzó a tambalearse… se alzó sobre sus dos patas
traseras a la vez que el pelo comenzaba a caer al suelo. Las patas delanteras
ganaron volumen y se alargaron. También se agrandaron las patas traseras y
aparecieron dos pies humanos. En apenas un instante el lobo dio paso a un
humano de pelo desgreñado y completamente desnudo. Se agachó y alzó levemente
entre sus brazos el cuerpo inconsciente del suelo. Abrió la boca y los
colmillos doblaron su tamaño, siguió aproximándose hasta que penetraron en el
cuello…
El único superviviente
seguía corriendo, no tenía energía, estaba exhausto, no podía seguir, pero aun
así seguía corriendo. Nadie pensó en las leyendas que decían que un terrible
animal de otro mundo vivía en este bosque. Nadie pensó en las exageradas
historias de los que vivían al encuentro, un lobo de ojos rojos, un lobo que
controla al bosque, que tenía mirada humana, que se alimentaba de la sangre y
el alma de los incautos que se cruzan en su camino.
No era como contaban, era…
peor.


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