Un hombre joven se miraba en el espejo. Llevó una de sus manos a la cabeza. Mierda, jodida resaca, no me acuerdo de nada… pensó. Sus ojos estaban enrojecidos e intentó contemplarlos durante un rato, primero el izquierdo, luego el derecho. Había perdido la cuenta de las veces que había remojado su rostro con agua, volvió a hacerlo. Nada conseguía quitarle ese dolor penetrante y molesto. Por un momento dejó de contemplarse en el espejo, abrió el pequeño armario y buscó entre las desordenadas lejas alguna ayuda. Insatisfecho, cerró de golpe la puertecilla, volviendo a contemplarse en el espejo. Con actitud felina, alguien se aproximaba a él, sin hacer el menor ruido. Unos descalzos y femeninos pies andaban por un cuarto terriblemente desordenado, como si un terremoto hubiera pasado por toda la casa. Esquivaba grácilmente la ropa por el suelo y cualquier objeto que le saliese al paso. Algo llamó la atención del joven, al lado de su reflejo se formó la figura de una mujer que se a...
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